31 de octubre de 2009, 09:39
Un marit ideal
Teatre Goya
Prohibida toda sutileza
joan-anton benach (La vanguardia, 31/10/09)
Tal como está el patio ahora mismo, las angustias y sudores del político Robert Chiltern son fuente de gran regocijo para la audiencia de Un marit ideal. Ya saben: el protagonista de la comedia de Oscar Wilde estrenada en el Goya es un sujeto cuya fortuna inmensa y brillante carrerón se deben a una chorizada colosal, perpetrada muchos años atrás desde su alto cargo en la administración pública.
Debo informar de que, al amparo de un final risueño, debería resplandecer la mezcla vitriólica de cinismo y mala uva del autor, la cual, por desgracia, desaparece en medio de una burbujeante despedida y cierre. De hecho, las "bondades" - entre comillas-y las maldades de Un marit ideal, todas ellas relativas y desde luego opinables, provienen de un fenómeno de ocultación por el que, parece, se dejó arrastrar el director Josep Maria Mestres, quien, con el traductor Jordi Sala, es responsable de la versión catalana de la pieza.
Oscar Wilde fue, como es sabido, un maestro de la ironía y de la imprevista estocada verbal, un dramaturgo que jugaba a velar las aristas cortantes de su fiereza dialéctica, a menudo brutal, con el arte delicado de la sutileza. Y bien: ironía, sorpresa, sutileza son elementos aquí ignorados, laminados por un montaje sólo preocupado por las cuitas del falsario en apuros. Encerrados los personajes en un diseño marcadamente unívoco, todos ellos se muestran impermeables a cualquier modulación que pudiera poner un cierto verismo a su acartonada personalidad. O sea, Abel Folk es el protagonista que no debe salir de su alarmada e inexpresiva estupefacción por lo que se le viene encima; justificará su pecado abominable de antaño diciendo que fue un acto de "política pràctica". Mercè Pons es su santa santísima esposa, tirando a "bleda", sobre cuya virtud el espectador, una vez en casa, podrá echar un tupido velo. Joel Joan, el amigo fiel, es el chistoso, el que pone toda su sabiduría verborreica al servicio de las sentencias y paradojas más llamativas del autor; se celebran muchísimo sus intervenciones y se le puede aplaudir cuando afirma que "el polític que dos cops per setmana no parla de moral està perdut". Sílvia Bel es Laura Cheveley, el malvado escorpión de la historia, un personaje asumido con desangelada corrección y con mucho, demasiado retintín pérfido en la evacuación de su chantaje. Anna Ycobalzeta, como Gina Chiltern, hermana menor del corrupto, orienta su trabajo por la vía de la ondulación; para que luzcan mejor sus encantos, ondula durante más de media función y acaba de chica inocente y chillona.
Josep Maria Mestres ha querido divertir sin arriesgar nada, abrazado a fórmulas manidas y sin ningún interés. ¿Estará el nuevo Goya al servicio del llamado "teatro de siempre"?
Corruptela
Joaquim Armengol (avui, 02/11/09)
Deia Borges, parlant del diví Oscar Wilde, que el gran esteta gairebé sempre tenia raó; si apliquem això a una de les seves delicioses sentències, el mal art mereix la pena de mort i veient el que se'ns mostra constantment, Wilde conserva l'àuria de profeta perfecte.
Aquesta versió d'Un marit ideal que proposa el magnífic Teatre Goya no m'agrada gaire, té l'afectació de no fer justícia a l'original, pel contrari arrossega un aire de vulgarització absolutament contrària a l'esperit del dramaturg. A tall d'exemple: si en l'original s'esmenta nas llarg, aquí en resulta cul gros, etc. Però no només això, tot hi és reduït i desvirtuat, el text, meitat de personatges, les intencions..., naturalment s'hi ha deixat la meravellosa eloqüència de Wilde, els seus apotegmes frívols i genials, però que, a vegades, semblen frases encadenades només per l'efecte còmic que puguin produir. I és que Wilde no suporta gens bé el diletantisme. El que hauria de ser és alta comèdia, amb les seves situacions equívoques i d'embolics, no una mena de comedieta de serial que busca l'esclat. És cert que Un marit ideal parla de la corrupció i del poder, de la política i l'extorsió, però Wilde és profund, sota aquesta superfície hi ha explícita la dualitat que habita en tot i qualsevol ésser humà, una moral de la caritat i la comprensió per abatre el mal. De les dues parts, la primera és avorridíssima, tant com l'escenografia, que no només és horrible, sinó que obliga a situacions absurdes: un rebedor sense mobles i amb escales, colors lila, blanc i gris, d'un semiluxe d'aparador ben desagradable, és lloc de reunió, per vestir-s'hi, prendre-hi copes, etc. Per ventura que són els primers aristòcrates sense servei, ells mateixos traginen vasos i ampolles. La segona part és més curta i amena, un petit vodevil en què els actors van més descordats. Tenint en compte l'estirp dels personatges: on és el port, l'elegància i la distinció de classe que se'ls suposa? Si de cas, la correcció de Mercè Pons. Probablement Wilde s'ha de fer d'època, aquest tipus de provincianisme modern no li escau gens bé. En fi, una mica de tot: comedieta, bunyol i avorriment. Ja ho deia el diví: el sacrifici s'hauria de suprimir per llei.
oscar wilde y el teléfono móvil
MARÍA JOSÉ RAGUÉ (EL MUNDO, 30/10/09)
Hace poco más de un año, Josep Maria Mestres dirigió con éxito en el TNC El abanico de Lady Wintermere, de Oscar Wilde, obra de grandes coreografías y numeroso reparto que Mestres trasladó de 1890 a los años 20 del pasado siglo. La traslación era posible y el espectáculo, brillante. Pero en Un marit ideal, Mestres ha pretendido trasladar a nuestros días una ingeniosa e inteligente broma de Wilde en torno al amor y el engaño que se produce entre aristócratas ingleses. El tema parecería tener un sentido contemporáneo, puesto que el juego teatral se centra y engarza en torno a la corrupción, la honestidad, el matrimonio y el amor. Y sí, estamos en días en que varios «casos» de corrupción llenan las páginas de los periódicos. Pero cuidado, Wilde no puede ser tratado estéticamente como un autor contemporáneo porque en cada frase hay una sentencia enroscada en el ingenio y ninguno de sus personajes puede aparecer ante nosotros como alguien contemporáneo.
Hay, pues, en el espectáculo un primer error de enfoque. La corrupción que centra el juego de la obra no debería haber inducido al director a presentar como contemporáneos a los personajes de este ingenioso enredo. Suena muy bien la traducción de Jordi Sala, pero ¿qué hace un móvil en una obra de Wilde? ¿Y qué ambiente nos sugiere una escenografía fría de Quin Roy de curvas y traslúcidas paredes más propias de un consultorio moderno que de un ambiente aristocrático y festivo que sólo percibimos a través de un elegante vestuario?
Podría ser una divertidísima obra, pero no lo es si es tratada como algo contemporáneo. Los bostezos reinaban en el intermedio. Pero el tercer acto salva el espectáculo. La escena de puertas, apariciones y desapariciones en la biblioteca, la fuerza envolvente de Joel Joan, son un goce para el público que, envuelto en el enredo, sigue con atención el resto de este espectáculo que quizá con el tiempo consiga la necesaria tensión y vivacidad que requiere Wilde, ajeno a la contemporaneidad.
El Goya muestra los efectos de la corrupción con un desajustado montaje de ‘Un marit ideal’, de Wilde
CÉSAR LÓPEZ ROSELL (el periódico, 28/10/09)
En un momento en el que los escándalos políticos y económicos sacuden a nuestro entorno, llega al Goya esta alta comedia de Oscar Wilde para recordarnos que la corrupción es tan vieja como el mundo. O por lo menos tan habitual como pudiera serlo en la sociedad victoriana. La adaptación a la época actual de Un marit ideal hecha por Josep Maria Mestres llega en plena efervescencia del caso Gürtel y del escándalo Millet. La cara más sucia de la política, y también de la hipocresía de las convenciones sociales, sube a escena con este desajustado y no bien resuelto montaje.
Mestres, director del espléndido El ventall de Lady Windermere del mismo autor en el TNC, cuenta con dos de los intérpretes de aquel reparto, Abel Folk y Sílvia Bel, y le suma otros del star–system catalán, como Joel Joan y Mercè Pons, además de Anna Ycobalzeta, Camilo García y Carmen Balagué. Con estos mimbres de gran tirón se esperaba un cesto mejor confeccionado.
Robert Chiltern (un correcto Folk) es el marido ideal para su socialmente exquisita mujer, Victoria (estupenda Pons). Pero el político brillante y honesto vive su vía crucis cuando aparece Laura Cheveley (una sofisticada Bel) para chantajearle. Ella juega con el oscuro pasado de Chiltern y le pide que le ayude a salvar en el parlamento un fraudulento proyecto.
A partir de esta trama, que pone en jaque el futuro político y del matrimonio del protagonista, discurre la función, en la que tiene un rol determinante el astuto millonario e hijo de papá Arthur Goring (un Joel Joan muy en su línea actoral), mientras que el resto de los intérpretes, incluyendo la hermana de Chiltern enamorada de Arthur (Ycolbazeta) complementan la acción.
Los diálogos de salón de Wilde, que funcionan como certeros dardos contra el poder del dinero en ese mundo de falsas apariencias, llenan de contenido el montaje, hasta el punto de que en la cansina primera parte la atención se centra más en el seguimiento del texto que en la interpretación.
En la continuación, que es cuando Joel Joan desarrolla todas sus posibilidades histriónicas, la pieza gana en agilidad y se llega a un final que, como con frecuencia sucede hoy, rehabilita a unos personajes carentes de integridad moral.
Marcant paquet
francesc massip (avui, 28/10/09)
Cada vegada es perfila amb més nitidesa una manera de fer pròpia del Teatre Goya i el seu director artístic. Josep M. Pou ha imprès una mena de marca de la casa: programar autors indiscutibles amb aquell estil de vi batejat que tant deu agradar al públic que busca per omplir la sala. És una línia absolutament legítima i no hi ha res a dir. Més estrany és que Josep M. Mestres, que havia fet un impecable Ventall de Lady Windermere, s'hagi prestat al joc. Un joc que comporta una actualització pedestre d'Oscar Wilde, amb telèfons mòbils i uns perfils d'alta societat ben poc creïbles.
Afortunadament, el verb brillant del dramaturg irlandès proporciona un entreteniment vivaç, formiguejant d'enginys i falconades a l'entorn de la corrupció política, la hipocresia i el cinisme més desvergonyits que segueixen picant fort contra la societat actual, tan invariable en les seves misèries. No se n'escapen les tendències artístiques: No hi ha res més perillós que ser massa modern: de cop i volta, et pots quedar passat de moda, ni l'activitat parlamentària: Al Parlament només hi entra la gent grisa i només hi prospera la gent fosca.
La vigència de Wilde no necessita l'èmfasi del mòbil com a aparell protagonista. El reduccionisme afecta també el traçat dels personatges, al servei d'interpretacions molt primordials, que senten la urgència de marcar paquet. Joel Joan i Abel Folk fan un tàndem agraït i dinàmic, amb derives exhibicionistes només justificades per la vocació afartapobres del producte. Més elegant resulta el tàndem femení format per Mercè Pons i Sílvia Bel, en un antagonisme espurnejant, bé que de vegades sembla que estiguem en una desfilada de models. D'alta costura, per descomptat!
un montaje infiel
el país (begoña barrena, 28/10/09)
Me encanta Oscar Wilde. Su lucidez es tan frívola y su ingenio tan afilado que me entran ganas de imitar a sus deliciosos personajes cada vez que le leo y soltar perlas como: “El amor es algo maravilloso. Cuando un hombre ha amado a una mujer es capaz de hacer cualquier cosa por ella,
excepto ¿seguir amándola?”. No me pasa lo mismo, sin embargo, cuando veo a esos personajes en escena, al menos en las dos últimas producciones catalanas, ambas dirigidas por Josep Maria Mestres. La de El ventall de Lady Windermere ya me pareció una catalanada por cómo barría hacia
casa nostra los modos y maneras victorianos, pero al menos se ceñía a la época. Un marit ideal no cuenta ni con eso. Situada la acción en la actualidad, la versión de Mestres y Jordi Sala es un recorta y pega con algún que otro añadido y alguna que otra poda cuya resolución escénica barre toda huella del propio Wilde. Están sus epigramas, pero al verse sacados de su contexto original
y expresados con la rusticidad de la que hacen gala deliberadamente algunos personajes, la cosa queda en un no sé qué muy cansino. Y la prueba es que el público no entró en la comedia hasta que Joel Joan decantó su Arthur Goring hacia el personaje de Plats bruts.
Vale, no es fácil trasladar una pieza de Wilde al escenario. Su lectura es un deleite; pero claro, tanto diletantismo en boca de unos personajes a cuál más ingenioso se hace difícil de plasmar con el ritmo adecuado para que cuaje y el espectador disfrute de lo que se supone que ha de ser una alta comedia. Y lo más alto de esta producción es Joel Joan, que debe rozar el 1,90. Porque la comedia que se nos ofrece es bien rastrera. Para que se hagan una idea, pues ya la versión peca de ello, si en el original el peligro de caer en la intelectualidad es que alarga las narices de las jóvenes, como comenta Lady Markby, aquí ensancha sus culos. Y con esto estaría todo dicho si no fuera porque, además, a nivel actoral la elegancia de las criaturas de Wilde se ve sustituida por un provincianismo barriobajero en algunos casos. Los intencionadamente groseros movimientos de Anna Ycobalzeta convierten a su Gina Chiltern en una especie de Belén Esteban en risueño; Carmen Balagué es una Lady Markby más plasta que encantadora, y a Sílvia Bel le falta cerrar sus magníficas piernas cuando se sienta si quiere aparentar la exquisitez de Mrs. Chevely. Menos mal que los Chiltern de Mercè Pons y Abel Folk muestran un comedimiento más acorde con la alta sociedad a la que pertenecen.
Tot i el temps passat, l’obra d’Oscar Wilde manté en molts aspectes plena vigència
carme tierz (time out, 29/10/09)
Tot i el temps passat, l’obra d’Oscar Wilde manté en molts aspectes plena vigència. La doble moral de l’alta societat britànica, que l’escriptor criticava en unes comèdies aparentment frívoles, continua reproduint-se en les actuals classes dominants, les que manen en la vida política, cultural i econòmica de societats com la nostra si s’ha de jutjar per les darreres corrupteles airejades pels mitjans de comunicació.
La vigència de Wilde reposa, doncs, en els seus arguments –en Un marit ideal, un polític de recta conducta amaga un secret que, si es fes públic, posaria fi a la seva pròspera carrera–, però no en la forma que els embolcalla, una mena de vestidura victoriana, esteticista i refinada, que rebaixa les càrregues de profunditat. En aquest sentit, la nova aproximació de Josep Maria Mestres al dramaturg irlandès després d’El ventall de Lady Windermere és més encertada que l’anterior, pel fet que modernitza l’original alliberant-lo del llast vuitcentista. L’adaptació –de Mestres i Jordi Sala– redueix personatges i escenes, elimina reflexions obsoletes –algunes aŀlusions al rol de la dona en aquella societat– tot conservant els diàlegs més afilats, suprimeix títols nobiliaris i incorpora a la trama, amb tota naturalitat, converses sobre negocis petroliers o l’ús del telèfon mòbil... Mestres ha disposat un cop més d’uns actors als quals coneix molt bé –Sílvia Bel, Abel Folk, Anna Ycobalzeta– i ha tret el millor d’un repartiment, en conjunt, harmònic i eficaç. Al seu muntatge, només hi trobem a faltar més joc visual, limitat pràcticament a l’escena final de la funció: un brillant epíleg que, en una sola imatge, fugaç, impactant, sintetitza tot el discurs verbal d’Oscar Wilde.