13 de octubre de 2009, 10:26
Una comèdia espanyola
Teatre Nacional de Catalunya. Sala Gran
Brillante pero de escaso interés
MARÍA-JOSÉ RAGUÉ-ARIAS (el mundo, 13/10/09)
Yasmina Reza (París, 1959) es un personaje desconcertante, con una vida y unos orígenes que parecen reclamar una profundidad de pensamiento que se percibe claramente en su novela Hammerklavier (1997). Es una autora teatral premiada desde sus inicios y que con Arte, dirigida y protagonizada por Josep Maria Flotats, entró con gran fuerza en nuestro país. Hemos podido ver también y con mucho menor interés, Tres versiones de la vida y Un dios salvaje. Ahora el TNC inaugura su temporada en la Sala Gran con Una comèdia espanyola, una obra representada ya en el CDN y que se representará también en el Temporada Alta de Girona. No cabe duda de que Yasmina Reza es una autora importante en el panorama teatral contemporáneo.
En Una comèdia espanyola, cinco actores franceses ensayan una obra española. Es una reunión familiar durante la que una madre presenta a su nueva pareja a sus hijas y a su yerno. En otro plano, los actores salen del personaje para hablarnos de sus propias vidas. La intención es la de ser una reflexión sobre la familia y sobre el teatro, sobre el actor y el personaje. Es una obra que quiere diseccionar, en clave de comedia, las relaciones familiares.
Yasmina Reza dice querer contraponer la verdad de los intérpretes a la falsedad/ficción de una historia que bebe de la realidad y mira con un macroobjetivo el conflicto de una familia, la entidad sobre la que se basa nuestra sociedad. La familia es la obra de teatro que representan los personajes, sus apartes se refieren a la vida, pero Reza afirma querer que funcionen como un legato musical. Para la autora no son dos bloques separados.
Ahí tal vez comienza uno de los problemas de esta comedia. Sólo la acertada iluminación de Lionel Spycher nos señala los momentos en que los actores se salen de sus personajes para ser ellos mismos. Pero pese a ello, la confusión es grande y ni hallamos ninguna profundidad en las reflexiones de los actores, ni tampoco va mucho más allá de un pequeño vodevil, la historia que se desarrolla como «comedia española».
Otra cosa es la producción, la dirección, la interpretación. Es brillante y sobria la escenografía de plataformas oscuras de varios niveles y las amplias pantallas de video al fondo del escenario. Lo es también el discreto y adecuado fondo musical. Lo es el movimiento de los actores. Y lo es, sin duda, la interpretación.
Espléndidos Mónica Randall -importante recuperación para nuestro teatro-, Cristina Plazas -brillante como de costumbre- y Xicu Massó, con una veteranía teatral que nada tiene que ver con la edad. Pero también excelentes Maria Molins y Ramon Madaula aunque, en este último, su interpretación no alcance -tampoco lo permite el personaje- la altura de su último espectáculo, El llibertí.
Una comèdia espanyola es una brillante puesta en escena de un texto que, pese al prestigio de su autora, nos ha parecido muy superficial y de escaso interés para nosotros pese a su pretendida apariencia de profundidad.
La frivolidad entretiene
joan-anton benach (la vanguardia, 11/10/09)
La estupenda crónica que ayer publicaba Justo Barranco sobre el estreno de Una comèdia espanyola me dispensa de contar los pormenores de la obra de Yasmina Reza (París, 1959) que acaba de abrir la temporada del Nacional (TNC). Una madre, dos hijas, un yerno y un viudo que vive un dulce romance con la dama para disgusto de su prole. Una familia en crisis. Esta es la comedia. Pero de vez en cuando, los personajes abadonan su papel y hablan - poco-de su oficio o interpelan - menos aún-al autor que espía los ensayos desde un rincón de la sala. Núria, una de las hijas, sueña con interpretar la Sònia de Tío Vania.Teatro en el teatro, con apuntes hueros aunque altamente pretenciosos.
Lo mejor, muchísimo más que el contenido, reside en la estructura de la pieza. En el tránsito de la ficción a la realidad sin previo aviso. Las proyecciones, esa pandemia de la que nadie se salva, facilitan el distingo. Sílvia Munt, que tiene el honor de quebrar la misoginia del TNC, en cuanto a la veda de directoras hasta ahora vigente, ha hecho un gran trabajo diseñando el laberíntico movimiento de los personajes. Su éxito mayor, sin embargo, se lo anota en la dirección de intérpretes, extraordinariamente eficaz.
No hay duda de que Ramon Madaula es un actor de primera, pero es cierto, también, que Sílvia Munt ha marcado con mucha precisión los acentos y el deambular escénico del amargado Mariano, quizá con alguna licencia excesiva en el zigzaguear etílico del personaje. Xicu Masó se supera en cada nueva actuación, pero algo tendrá que ver la directora en mostrarnos al viudo Fernando en el papel más jocundo y brillante de su carrera. Maria
Molins (Núria) y Cristina Plazas (Aurèlia) se ven muy convincentes, tanto de una en una, como en su relación fraternal.
Punto y aparte para Mònica Randall, una señora Pilar, les aseguro, absolutamente creíble. En su regreso, la actriz se acomoda a un papel (que parece) muy a su medida: el de dama atribulada para comedia de salón y tresillo, capaz de provocar la risa del respetable cada vez que formule sus cuitas minúsculas. Pero, ¿es esta la ambición de una profesional con mucha experiencia y mucha cuerda por delante? Habrá que seguirla. Hoy por hoy, una reaparición prometedora.
Para ambición, la de Yasmina Reza. Dice la autora que Una comedia española es su obra más "importante". Creo que quiere decir la más ambiciosa. En este caso, sin embargo, la codicia (legítima) no puede romper ningún saco. Todo es liviano, superficial, inocuo. La crisis familiar es un tópico corroborado todos los días. Y para abordar críticamente la naturaleza compleja del teatro, hay que armarse de sólidos razonamientos. Olvidemos a Pirandello, un gigante. Pero después de aquel Bruscon feroz de Bernhardt (Un hombre de teatro) o del incisivo Novarina en su Carta a los actores, picotear el asunto con frases, exabruptos y juicios triviales es una frivolidad sin ningún interés. Pero como sea que está bien hecha, la frivolidad entretiene.
Una comèdia discreta
Juan Carlos Olivares (avui, 10/10/09)
En el teatre de Yasmina Reza hi ha quelcom d'impostat que el desaprofita i el redueix a una experiència de curt recorregut. Sòlid mentre desplega tots els seus hàbils mecanismes, als pocs minuts d'apagar-se el merescut aplaudiment es dilueix en un preocupant no-res. Res a dir d'Una comèdia espanyola que no s'hagi dit ja sobre altres obres que tracten sobre l'ofici de l'actor amb el recurrent artifici de fer sortir i entrar el personatge per sincerar-se davant el públic. Reza sap com trobar la intimitat exacta entre l'intèrpret i la sala, encara que les confessions sonin a trillada memòria teatral, escoltades en altres moltes ocasions. Enmig, una comèdia histriònica sobre una família disfuncional que acaba per guanyar-li el terreny a l'intimisme. S'ha de mantenir el bon espectador satisfet.
Teatre que exhibeix l'ofici i bon gust perquè els elements dramàtics funcionin amb la precisió d'un artefacte, fins i tot en recursos "marca de la casa" com aquest slapstick verbal -un accelerat monòleg matallengües- que acostuma a tenir en gairebé totes les seves obres el seu moment estel·lar. Correcte teatre comercial elevat a esdeveniment pel TNC, que decideix inaugurar la temporada de la Sala Gran amb el muntatge que Sílvia Munt va estrenar a Madrid fa mesos.
Un decorat amb la nuesa gràfica de Dogville, les inevitables pantalles per veure els intèrprets en primer pla i una direcció d'actors discreta. No és una funció fallida. No és ni millor ni pitjor que moltes de les que es poden veure en sales comercials per a la seva explotació davant un públic que busca un producte digne. A la sala principal del gran teatre públic de Catalunya la valoració és una altra. Menys benèvola. Però mentre la gent rigui i aplaudeixi per què ens hem de preocupar pel futur.
El montaje de Sílvia Munt de ‘Una comèdia espanyola’ recibe una cálida acogida en el TNC
césar lópez rosell (el periódico, 09/10/09)
Efectiva disección de las relaciones familiares y, de paso, inquisitiva mirada al mundo de la interpretación. La corrosiva Una comèdia espanyola, de la dramaturga de moda, la francesa Yasmina Reza, ha aterrizado en el Teatre Nacional con una cálida acogida del público. No eran pocas las dificultades que planteaba este montaje. La primera de ellas, la de salvar las dimensiones del escenario de la Sala Gran para una pieza más propia de la Sala Petita. Era muy fácil perderse en aquel oscuro mar escénico. A ello había que añadir el esfuerzo de pasar de la versión en castellano de Madrid a la catalana. Estos hechos, unidos a la responsabilidad de inaugurar la temporada en el principal espacio del TNC, habían puesto de los nervios a los intérpretes de la función.
Pero pronto se desvanecieron las dudas. En primer lugar, por el excelente trabajo del equilibrado reparto, dirigido con ágil ritmo por Sílvia Munt, y después por la resolución de la escenografía con un inacabado decorado que muestra la atmósfera de un montaje en construcción, en el que cinco actores franceses ensayan la obra de un tal Olmo Panero, un joven autor español. Una tarima, unas sillas, unos croquis y una pantalla que amplifica la imagen de los intérpretes cuando dejan los ensayos para ofrecer sus reflexiones sobre el oficio, completan el marco.
SOLEDAD DE FONDO / Reza utiliza este juego teatral para explorar un universo tan común, pero a la vez tan diferente en cada caso, como es el de la variedad temática del microcosmos familiar. Los vínculos, las relaciones amor–odio, los efectos del paso del tiempo van y vienen siempre con la soledad de fondo. Pilar (una espléndida y felizmente recuperada Mónica Randall, tras 34 años sin subir a escena) presenta a su nuevo amor (un administrador de fincas magníficamente encarnado por Xicu Masó) a dos de sus enfrentadas hijas, la exitosa Núria (Maria Molins) y la fracasada, en el matrimonio y en el escenario, Aurelia (Cristina Plazas). Mariano, el frustrado y alcohólico marido de la última (un inspirado Ramon Madaula), es el quinto elemento de esta obra con claros toques chejovianos en la que la tensión de la desintegración familiar crece a medida que avanza la función, pero sin dejar que se vaya de madre.
Hay momentos brillantes como el del monólogo de Madaula explicando a Masó la pugna entre vecinos por una medianera y los enfrentamientos entre madre e hijas, pero no se pueden dejar de lado las reflexiones de los intérpretes sobre su fragilidad y sus relaciones con los creadores. «El actor está aquí para aniquilar al autor», clama Mariano. Un atractivo cóctel que degustarán los amantes del teatro.