9 de juliol de 2009, 08:57
Inferno
Castellucci a fuego lento
joan-anton benach (la vanguardia, 09/07/09)
El verano pasado, en Aviñón, el Inferno de Romeo Castellucci, que inauguraba el festival, fue recibido con una ruidosa división de opiniones. Ovación y abucheos, a partes iguales. La otra noche, en cambio, los espectadores del Grec optamos, según todos los indicios, por una tercera vía: la vía del desconcierto. Los aplausos, corteses, un punto vacilantes, nada enérgicos y, desde luego, nada unánimes, reflejaban una admiración cauta por lo que se acababa de ver, una expansión muy prudente y como provisional, a la espera de meditar las claves principales de la propuesta y sacar las conclusiones pertinentes.
Evidentemente, no faltaban motivos para que el ánimo del espectador de esa primera entrega del tríptico, libérrimamente inspirado en La Divina Comedia de Dante, se sintiera acosado por alguna contradicción importante. La más notable: la falta de ritmo, el quietismo que se apodera del espectáculo después de la más inquietante escena emanada de los hermosos sueños infernales de Castellucci. Bellas imágenes corales del numeroso grupo de voluntarios reclutados para la ocasión; turbadoras sugerencias, como las de la degollina colectiva entre los condenados; curiosa presencia de Andy Warhol y la consiguiente caída en el averno, una a una, de sus famosas creaciones pop art; un cálido, poético homenaje fúnebre a los miembros de la Societas Raffaello Sanzio, la compañía que dirige Romeo Castellucci, muertos en los últimos años; el blanco corcel cabalgado por la pureza ensangrentada... son, entre muchos otros, momentos brillantes que se alzan para decirnos que la imaginación del heterodoxo italiano es una compañera que no cesa en demostrar su fertilidad.
Ahora bien, en esta última versión de Inferno se diría que falta la frescura de la creación primera y que la estruendosa, onomatopéyica banda sonora de Scott Gibons, constituye a menudo un acompañamiento en el vacío, una expansión que pretende ser sobrecogedora pero que resulta demasiadas veces meramente retórica. Del Inferno de Castellucci sólo está preservada la infancia inocente, protegida por una estancia de cristal, herméticamente cerrada. El director ha iniciado su viaje onírico en medio de los ladridos de una jauría enfurecida. Y él mismo se ve atacado por tres violentos mastines. Ciertamente, el arranque del espectáculo pone el corazón de cada espectador en un puño. Tal vez, el principal problema de Inferno sea la falta de un discurso unívoco, el hecho de estar fabricado por secuencias yuxtapuestas que van soltando la angustia de aquel primer agarrón cordial. Con todo, la sorpresa y la admiración por los momentos antedichos, saltarán intermitentemente. Incluso, si quieren, alguna sonrisa. La que puede suscitar la ojeriza de Castellucci por Warhol, a quien, luego de vapulear a fondo, el director sienta al volante de un coche desvencijado, símbolo del progreso en ruinas de nuestros días.
la potencia de la imagen
maria josé ragué (el mundo, 03/07/09)
Tras asistir al Inferno de Romeo Castellucci, tenemos la sensación de haber presenciado un gran espectáculo sobre el dolor de la humanidad, lleno de momentos mágicos y sorprendentes. Pero, ¿es el Inferno de la Divina Comedia de Dante? ¿Hemos comprendido las imágenes que representan los 33 cantos de la obra? Castellucci dice haber querido representar la obra como si jamás hubiera sido escrita, hacer un infierno del hombre actual. Desde este punto de vista, podemos hablar de un magnífico espectáculo. De un bellísimo e impactante monumento al dolor del hombre en una selva oscura, sin respuesta para sus preguntas.
El espectáculo se inicia con la aparición de varios perros de gran agresividad; luego, en una mágica escena, el protagonista trepara al árbol más alto del jardín vecino al Grec para encontrar una pelota que recogerá un niño sobre el escenario. El bosque arderá con los golpes de la pelota. Es la guerra. Luego veremos los inocentes juegos de los niños multiplicados por espejos. Rituales agrícolas, rituales de desamor, la familia, la guerra, la violación, la muerte. Sorprendentemente, aparece Andy Warhol y sus cegadoras polaroids, como un icono de la modernidad. ¿cuál es la razón para que este personaje de los 70 sea un símbolo actual? Después, todos los espectadores seremos envueltos por un gran velo de gasa blanca. Un caballo blanco. Una multitud que retrocede. Pintura roja sobre el caballo. Y el hombre, acaso Dante, encerrado en un coche desvencijado, nos llevará al final. Bellísimas imágenes que parecen hablar de un infierno muy actual. Con la potencia de las imágenes, el sonido y la luz, sin palabras.
En este viaje hacia la muerte, Castellucci dedica la obra a los componentes fallecidos de la Società Raffaelo Sanzio, el grupo que creó en 198. El martes dedicó la representación a la memoria de Pina Bausch, fallecida ese mismo día, una creadora que cambió los límites entre el teatro, la danza y la imagen y que sin duda influyó en la investigación escénica actual, también en la de Castellucci.
Estremecedor ‘Inferno’ en el anfiteatro
begoña barrena (el país, 01/07/09)
Si Dante imaginó el infierno como una enorme fosa cónica en forma de anfiteatro, el del Grec ha debido ser para Romeo Castellucci, director de la trilogía libremente inspirada en la Divina Comedia, una de las mejores plazas posibles para su personal puesta en escena. Para el espectador, su Inferno (Purgatorio, terrible historia sobre pederastia, y Paradiso, una instalación, se representan respectivamente en el Lliure a partir del domingo y en La Capella desde hoy) ha proporcionado al menos una de las imágenes más impresionantes que puedan recordarse en el escenario más veraniego de la ciudad.
Y es de las primeras: un individuo escala el muro que cierra el anfiteatro hasta arriba de todo y sigue trepando por los árboles del bosque que lo cubre hasta la cima del ciprés más alto. Desde allí deja caer una pelota de baloncesto al escenario. Hay más escenas impactantes, perturbadoras, incluso onmovedoras. De hecho, la Societas Raffaello Sanzio, de la que Castellucci es fundador, siempre se ha distinguido por una concepción predominantemente visual y plástica del teatro. Y este Inferno está plagado. Otra cosa es el sentido que algunas de esas imágenes puedan tener en relación con la obra de Dante. De ahí que ante sus montajes las opiniones suelan dividirse y la reacción final vaya del “bravo” en pie a la estupefacción más inmóvil.
Hay escenas que sí nos remiten a referencias y episodios concretos del Inferno: el bosque o selva salvaje que simboliza la vida pecaminosa por la que trepa nuestro pecador, los perros que atacan al propio Castellucci, aunque no sean de caza ni aparezca ninguna loba; la pecera en la que juegan unos niños y que sugiere un limbo a lo chiquipark. Ya cuesta más encontrar un sentido al personaje de Andy Warhol que cada tanto nos ciega con el flash de su polaroid. ¿Homenaje a su obra, que aparece listada sobre el muro, o más bien está mandando al rey del pop-art al infierno? Lo mismo ocurre con el piano en llamas, o con el coche abollado y calcinado que aparece al final. ¿Acaso el infierno está en las gradas y los pecadores somos nosotros al descubrirse el espejo de la pecera? Los nombres de los integrantes de la compañía desaparecidos en los últimos años que aparecen también sobre el muro nos indican que tal vez se trate de un Inferno muy particular. Así es que no creo que tenga mucho sentido ponerse a buscar interpretaciones sobre lo que Castellucci, los actores y los figurantes barceloneses que se añaden a “la perdida gente” (una cincuentena, en total) nos ofrecen sobre el escenario. Lo suyo es dejarse llevar y quedarse con las sensaciones que provoca la fuerza de las imágenes y del sonido.
El descenso al averno de Castellucci
césar lópez rosell (el periódico, 01/06/09)
Interpretación libre de la Divina Comedia. El director Romeo Castellucci lo advierte al abordar el monumental poema. Su intención no es traducir a Dante sino ser Dante y adentrarse en la actitud que tenía el autor al iniciar su viaje hacia el averno. Solo así es posible entender la primera entrega en el Teatre Grec de su trilogía, que se completará con Paradiso y Purgatorio.
En Inferno, Castellucci somete al público al esfuerzo de descubrir las claves de su poético montaje e incluso lo hace participar desplazando una enorme tela blanca sobre sus cabezas hasta cubrir las gradas, como si tratara de protegerlo de ese impactante final en el que los degollados cadáveres se amontonan sobre el suelo.
Lo que el director y actor expone son sus visiones sobre un infierno terrenal. Nos lo acerca. El miedo a la muerte está tan presente como la evocación a la vida que representan esos niños que juegan, como si nada pasara, en un cubículo de cristal. Son imágenes de gran fuerza simbólica que ayudan a mantener en pie a este irregular y lento espectáculo.
METÁFORA SOBRE EL ARTE / Castellucci sale a escena enfundado en un traje protector. Tres furiosos perros pastores le atacan en una metáfora de lo que supone la asunción de los riesgos creativos. Un actor escala la pared del escenario hasta llegar a la copa del árbol más alto. Desde arriba lanza una pelota que después pasará de mano en mano.
Tras este tenso inicio, los actores deambulan como una masa de zombis. El fuego crepita después de la cremà, a lo Carles Santos, de un piano. Los efectos visuales y la tenebrosa música de Scott Gibbon arropan este oscuro infierno. Llega el caballo blanco ¿del Apocalipsis? que acaba manchado de sangre.
Andy Warhol aparece al final con una Polaroid que recoge los momentos de la acción. El padre del pop-art viaja en un coche quemado. ¿Un símbolo de la supervivencia de la libertad creativa? Interpreten como quieran este homenaje de un artista visual como es el italiano al genio norteamericano que supo «pintar la oscuridad del presente». Como ocure con este Inferno.