12 de juny de 2009, 09:48
Adulterios
El tresillo de Woody Allen
SERGI DORIA (ABC, 14/06/09)
Que la protagonista de «Adulterios» (María Barranco) sea psicoanalista es puro Woody Allen. Que la amante de su esposo (Miriam Díaz-Aroca) tenga pocas luces y aspecto de mosquita muerta, también y que el marido de ésta (Fermí Herrero) sea maniaco-depresivo, todavía más. Un elenco de personajes neuróticos, a medio camino entre la comedia del tresillo y el diván del psiquiatra. Sometidos todos a una sentencia que parece escrita por el mismísimo Bergman: «El matrimonio es la muerte de toda esperanza».
Que las movidas conyugales constituyen la idea-fuerza de sus libros y películas, lo demuestra esta pieza que ha adaptado Nacho Artime y que en otros escenarios se acompaña de dos obras cortas del autor de «Annie Hall».
Y es en la versión de Artime donde surgen las dudas. ¿Hay un exceso de morcillas que rellenan la pieza corta con tacos y expresiones castizas o es puro Woody Allen?
La comedia funciona como tal; el ritmo es el adecuado a medida que la trama alcanza velocidad y llega a casa el marido adúltero (Fernando Acaso). Fermí Herrero, en su papel de esposo humillado y menospreciado, encarna muy bien el espíritu de Allen con sus frases ingeniosas y velocidad verbal: la escena del intento de suicidio con una Luger alemana resulta hilarante. Pero esa versión de Artime, repetimos, parece haber modificado en demasía el original alleniano para hacerlo más próximo al público español. Se nota, sobre todo, en los primeros compases: uno no tiene la sensación de escuchar a Woody Allen y parece encontrarse ante un vodevil convencional.
La obra mejora en el nudo y la dirección de Verónica Forqué parece perder un tanto el control en el desenlace. Con todo, no cabe desdeñar el valor de una comedia en estos tiempos de tristeza económica.
ASTRACANADA
JOAN-ANTON BENACH (la vanguardia, 15/06/09)
¿Woody Allen, autor cómico? Yo creía que nuestro viejo conocido era un portentoso humorista, un fino estilista de la ironía, un maestro inimitable a la hora de combinar las paradojas y las contradicciones con el ridículo y la estupidez, un tímido libertino parapetado tras una falsa inocencia y una perplejidad verdadera al abordar cuestiones de sexo... y que no abdicaba de todo ello cuando escribía para el teatro. Pero ya ven: el experto Nacho Artime, adaptador de Adulterios;la simpática Verónica Forqué como directora de la comedia; las actrices María Barranco y Míriam Díaz-Aroca, y tres intérpretes más consiguen hacernos olvidar aquellas virtudes del creador de Manhattan para decirnos que a este también se le puede atribuir una imponente astracanada escénica, según como se mire, claro. Y creo que Artime y todo el equipo de Adulterios han querido mirarlo así.
Si cito el nombre de la Gran Manzana es porque, cerrando un decorado tópico, de salón, con un pequeño bar hiperactivo, hay un gigantesco ventanal abierto a un paisaje de Nueva York bastante feo, pero con el conocido rascacielos de Chrysler bien visible para que nadie dude de la ubicación de los disparates que se están perpetrando. La función dura noventa minutos, y casi la mitad de ellos son un duelo que se pretende bullicioso entre el personaje de Barranco (Phyllis) y el de Díaz-Aroca (Carol). Phyllis no para ni parará de tomar un cóctel tras otro y se entrena para los 1.500 metros cruzando una y otra vez la escena, de un lado a otro, y Carol se hace la tontita creyendo que el marido de Phyllis, con quien se acuesta, la quiere de veras. Está bien: para el disgusto que viene luego, ese tramo primero es lo más aceptable de la farsa.
La entrada en escena de los varones - dos interpretaciones mediocres-anuncia el desastre.
El marido de Carol soporta la infidelidad conyugal con resignación y se muestra hasta el fin como un insensato tarambana. El marido de Phyllis va de atolondrado motorista, buscando cosas que llevarse de la casa y anunciando que lo suyo con Carol fue una aventura de nada y que ahora le va una jovencita veinteañera. Carol lloriquea un poco, y Phyllis insulta y dice alguna obscenidad. Si, perspicaz como es, Verónica Forqué acepta que le salió una broma zarrapastrosa y vulgar, seguro seguro que le aguardan horas mucho más afortunadas como directora.
COMEDIA ADULTERADA
BEGOÑA BARRENA (el país, 12/06/09)
Woody Allen estrenó Adulterios en el circuito off de Broadway en 1995; es decir, ya se había divorciado de Mia Farrow, o ella de él, por sus relaciones incestuosas con su hija adoptiva y actual esposa, Soon-Yi. Desde luego, sabía de lo que hablaba. La crítica especializada dejó la obra muy bien. The New York Times dijo que era “una obra maestra de la comedia y una joya”, y añadió que era “más divertida que cualquiera de sus famosas películas”. Bueno, no sé qué decirles, porque a partir del montaje de Verónica Forqué, la verdad es que cuesta —y mucho— llegar a una conclusión tan entusiasta. Si uno hace el esfuerzo de imaginarse los diálogos en inglés y, sobre todo, dichos de otra manera, puede que llegue a sonreír en algún momento, pero poco más. Porque, claro, también hace falta imaginarse otro tempo, otro desarrollo, otro contexto, otros movimientos y otros intérpretes. La historia tiene voluntad circular: en una noche se descubren
y se resuelven una serie de infidelidades entre dos parejas de amigos. Phyllis (María Barranco),
una psicóloga casada con Sam (Fernando Acaso) acaba de descubrir que éste está liado con su amiga Carol (Miriam Díaz-Aroca) y que por eso él la ha dejado. Y mientras Phyllis ahoga sus penas
en cargados manhattans, recibe a Carol, al marido de ésta, Howard, a Sam y finalmente a una jovencita, Juliet, que es paciente suya. Nada que objetar sobre la estructura de la obra. El problema
está en el montaje: en la dirección de los intérpretes, que construyen unos personajes tremendamente artificiosos y afectados; en cómoéstos se esfuerzan continuamente por provocar la risa, y en su ritmo interno, totalmente anárquico. María Barranco se acerca sólo en ocasiones al carácter de Phyllis, una mujer supuestamente personal, estilosa y potente. Miriam Díaz-Aroca viene a imitar, incluso con su voz, a cualquiera de los personajes que hicieron famosa en el cine a Verónica Forqué, pero en rubio platino, ya saben, esas mujeres ingenuas, por no decir tontas, que de tan cursis hacían gracia. Fernando Acaso es un Don Juan de pacotilla y Fermí Herrero parece lo que Phyllis dice de él, una foca amaestrada. A todo esto, añadan gritos y caídas tontas, agiten durante hora y cuarto, y tendrán los Adulterios de Woody Allen bien adulterados.