15 de maig de 2009, 09:53
L´habitació de Verònica
L'habitació de verònica
carme tierz (guia del ocio, 15/05/09)
A Ira Levin se le conoce aquí, sobre todo, por Rosemary’s Baby, novela que dio pie al terrorífico film La semilla del diablo de Roman Polanski. Pero lo más terrorífico no era la intervención directa del Diablo en la acción, sino comprobar cómo la entrañable pareja de ancianitos y otros cordiales personajes que cercaban a la protagonista eran tan perversos y maléficos como él. Levin entretejía una inquietante trama de engaños, crímenes y falsas identidades, una fórmula que reprodujo, en parte, en Veronica’s Room, otro thriller de alto voltaje en que nada ni nadie es lo que parece.
L’habitació de Verònica, la adaptación de Hèctor Claramunt del original escrito por Levin en los setenta –no por casualidad, una década en que la sociedad norteamericana veía atemorizada cómo los pilares de la institución familiar se tambaleaban–, nos abre las puertas de una alcoba victoriana donde, en el pasado, una joven llamada Verònica sobrellevó en soledad una enfermedad mortal. Ahora, otra joven de extraordinario parecido con la difunta se prestará a participar en un juego supuestamente inocente, pero en verdad aterrador... A la escenografía de L’habitació de Verònica le falta algo de textura, de maldad, pero resulta adecuadamente opresiva –por sus dimensiones, parece una coqueta celda de una casa de muñecas, y cuando estalla el conflicto, un decorado de pesadilla–, lo que sugiere que algo terrible pasará entre sus paredes. A partir de ahí, el buen trabajo de los actores –especialmente, Mercè Montalà– y la destreza de Claramunt para mantener la tensión, colocando unas muy oportunas pinceladas de música y efectos de sonido, logran que el público entre en el juego, que se cuestione su idea de lo real y lo ficticio, lo inofensivo o lo peligroso. Y que, además, disfrute con un tipo de teatro, el de misterio y terror, prácticamente desterrado de Barcelona. No hay géneros menores si se abordan con estilo y rigor, y L’habitació de Verònica es una buena prueba de ello.
Ira Levin, terrorífico
JOAN-ANTON BENACH (La vanguardia, 09/05/09)
Si se exceptúan los pasatiempos cómicos que parecen afincarse en el Paral · lel, el buen teatro comercial no ha logrado, desde hace mucho, una estabilidad firme y desacomplejada en Barcelona. El nuevo Goya quizá la consiga, pero es pronto para asegurarlo. En consecuencia, una de las expresiones relativamente bien cotizadas de la comercialidad escénica, como es aquel género de misterio y terror que de forma intermitente antaño visitaba el triángulo Comedia-Barcelona-Calderón, desapareció de la cartelera local. Sin embargo, el éxito que unas pocas temporadas atrás alcanzó el Espai Brossa con la exhumación de piezas clásicas del Grand Guignol terrorífico del siglo XIX indica que la demanda potencial de miedo e intriga sigue en pie, y lo confirman de igual modo las largas ovaciones que cosecha L´habitació de Verònica,de Ira Levin.
Levin es un novelista que conoce los atajos que llevan directamente al corazón de la perversidad humana. Si recuerdan su Rosemary´s baby que dio origen a La semilla del diablo,o Los niños del Brasil,sabrán de qué escritor estoy hablando. Las obras de Levin eluden a menudo el suspense creado con historias de sujetos sin escrúpulos, simplemente calculadores, para plantear hechos y conductas derivadas de mentes seriamente trastornadas. L´habitació de Verònica es una de ellas. Susan, mujer joven, muy parecida a una que se llamó Verònica, fallecida tiempo atrás, es invitada a interpretar el papel de la difunta para sosiego de una hermana, anciana ya, mentalmente enferma, que cree vivir aún en sus años juveniles.
¿Ritual expiatorio? ¿Secretas pulsiones incestuosas? Nada más me es permitido añadir a un argumento que Ira Levin, al igual que el adaptador y director Héctor Claramunt, nos revelan paso apaso, en pequeñas dosis envenenadas con los peores presagios. La gracia del relato estriba, sin embargo, en que el espectador no ve cumplida ninguna de sus conjeturas, dado que, desde que Susan acepta protagonizar la referida simulación, la sorpresa actúa de forma contundente en cada escena, hasta el mismísimo cuadro final. Es muy posible que un reposado juicio crítico hallara algunos puntos débiles en su endiablada trama. El autor, no obstante, podría conjurarlos mediante la función que ejerce la enfermedad mental. Yes que Ira Levin sabe muy bien cómo hacer que la alienación, la locura, convierta en algo plausible lo normalmente inverosímil.
No está nada mal el estreno de Hèctor Claramunt como director. Ha movido bien los personajes y ha creado con eficacia los intervalos, las pausas y silencios que convienen al suspense. Desigual la interpretación. A la discreción de Miquel Sitjar y a una Silvia Marty (Susan) progresivamente segura, se une la excelente actuación de los Mackay, con Lluís Soler, impecable, y Mercè Montalà, dotada de una sorprendente versatilidad.