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6 de abril de 2009, 09:33

Sweeney Todd

apoteósico barbero

Joan-anton benach (la vanguardia, 06/04/09)

Cuentan las crónicas de 1995 que cuando Stephen Sondheim vio la producción de Sweeney Todd del Centre Dramàtic de la Generalitat, dirigida por Mario Gas, dijo que era la mejor que había visto desde que su célebre thriller musical se estrenó en Broadway en 1979. Al espectáculo del Poliorama le llovieron los premios, cinco de ellos, de la crítica especializada. Y su reposición en 1997 acaparó los principales Max de aquel año. El director y la primera actriz, Vicky Peña, resultaron insistentemente galardonados.

Aun sin estos antecedentes, la repesca de Sweeney Todd en la producción del Español volvería a arrasar. Quizá con más y mejores razones. La más elocuente, la presencia de Joan Crosas en el papel del barbero diabólico de la calle Fleet, quien, además de su voz privilegiada, muestra una solidez actoral muy notable. El tiempo transcurrido desde 1995 obliga a subrayar la madurez esplendorosa de Vicky Peña, que, si siempre estuvo bien, hoy está como nunca, y dispensen la alcohólica evocación publicitaria. Las canciones de Mrs. Lovett, la socia siniestra de Mr. Todd, vienen adornadas de una inmejorable expresividad, con un preciso control de la caricatura, para que el terror no se instale en los grotesco ni la broma desaforada destruya la ironía. Peña es un prodigio de equilibrio, y todas sus intervenciones fueron justamente ovacionadas. Si tuviera que quedarme con la mejor, elegiría la de Mrs. Lovett eufórica, imaginando una existencia de playera ricachona dado que su negocio de pastelitos cárnicos está saliendo de la miseria gracias a los fiambres que le llegan desde el primer piso, enviados por el sanguinario barbero. Metido en la piel del protagonista, Crosas, por su parte, se desenvuelve con absoluta autoridad, transmitiendo con sobriedad y eficacia la ira que envenenó el corazón de Mr. Todd. El actor cantante, o viceversa, cuyos graves suenan más voluminosos y cálidos que los de su predecesor en el papel - Constantino Romero-,expresa de forma tan eficaz como contenida la tenebrosa obsesión del personaje por la venganza contra el juez Turpin, que lo condenó injustamente a presidio yque ahora trata de arrebatarle la hija, de la que el magistrado se erigió en tutor. La figura del pérfido funcionario corre a cargo de Xavier Ribera-Vall, actor que ha trabajado en otros musicales dirigidos por Gas y que combina a la perfección sus aptitudes dramáticas con las canoras. La mendiga Teresa Vallicrosa, que arrastra unos harapos muy logrados (vestuario y caracterización son de María Araujo), destaca por una gestualidad sombría, de ecos valleinclanescos, y sorprende en sus intervenciones cantadas con unos agudos un tanto chirriantes. En el papel del charlatán Adolfo Pirelli, catamañanas y chantajista, Esteve Ferrer está un punto pasado de rosca, y esta sí es la caricatura que Gas ha querido como contrapeso a las opacidades del relato. Excelente Ruth González en el papel de Tobias Ragg.Todas esas individualidades merecen una cita, dentro de una obra coral en la que el resto de las actuaciones personales no tendría otras limitaciones que las habituales en los intérpretes del género operístico y que la formidable dirección consigue hacer prácticamente invisibles. En las piezas solistas y de grupo, en los compases de transición, la solvencia de las voces me parece irreprochable. Brillante la orquesta de doce instrumentistas dirigida por Manuel Gas e imponente, compleja y dotada de hábiles recursos móviles la escenografía de Jon Berrondo.

El estreno de anteanoche fue apoteósico, y la posible claque se vio desbordada por las entusiastas almas inocentes y todo el teatro en pie aplaudiendo la magnífica función. 

la aún más afilada navaja del barbero

CÉSAR LÓPEZ ROSELL (el periódico, 06/04/09)

Han pasado 14 años y parece que fue ayer. Sweeney Todd, musical de Stephen Sondheim, ha regresado a Barcelona con la misma frescura, y un nivel interpretativo aún mejor, que cuando Mario Gas lo estrenó en el Poliorama en 1995. Nadie puede poner en cuestión esta reposición, que volverán a disfrutar los que ya la aplaudieron entonces y las nuevas generaciones que, con la única e incompleta referencia del filme de Tim Burton, no han tenido la oportunidad de vivir la magia de la pieza teatral con actores-cantantes y música en directo.

Las colas en taquilla certifican el interés que ha despertado este thriller musical, con atmósfera de cuento de Dickens, equiparable a una ópera que, con 25 canciones y un inteligente libreto cargado de ironía, critica sin piedad las veleidades de la condición humana.

El barbero de Fleet Street (un gran Joan Crosas) ha vuelto con la navaja más afilada, como si estuviera preparado para ampliar el alcance de su peculiar justicia a los causantes de la actual crisis. Injustamente condenado al exilio por el lascivo juez Turpin (impactante Javier Ribera-Vall) regresa para consumar su venganza. Y encuentra aún más motivos cuando la escabrosa pastelera Mrs. Lovett (impresionante Vicky Peña) le cuenta que su mujer murió envenenada y que su hija está bajo la custodia del juez que le condenó.

El montaje de esta historia victoriana muestra la vigencia del tratamiento teatral aplicado. La brillante partitura de Sondheim, interpretada por 11 músicos dirigidos por Manuel Gas, y la dramaturgia se encuentran en el justo punto de unión que exige este musical a contracorriente de los que se hacen hoy, y con protagonistas tan atípicos como el del macabro cortapescuezos y su pareja, que hornea deliciosos pastelillos con la carne de sus víctimas.

Redondo esperpento con magnífica traducción de Roser Batalla y Roger Peña que mantiene toda la sarcástica ironía del texto. Y una gran interpretación de las canciones, con brillante aportación del coro, sin que se resienta durante el sobreesfuerzo la vis cómica o dramática. Un espectáculo que ha mejorado con los matices incorporados, desde su espléndida madurez, por los protagonistas y el buen hacer de, entre otros, Pedro de los Ríos (Anthony), María del Mar Maestu (Johanna), Teresa Vallicrosa (Mendiga), la hilarante Ruth González (Tobías) y el alguacil Pedro Pomares. 

navalla ben esmolada

xavier cester (avui, 07/04/09)

Quan es va estrenar al Teatre Poliorama, Sweeney Todd va provocar poc menys que un sisme: un dels grans musicals de Broadway en un muntatge impressionant a tots els nivells, beneït, a més, per Stephen Sondheim en persona. 14 anys després, i en el teatre on va tenir una segona vida, l'Apolo, la impressió que vam tenir llavors es confirma: Sweeney Todd és una fita històrica que no ha estat superada ni igualada (ni pel mateix Mario Gas) en l'erràtic recorregut que el gènere musical ha tingut a casa nostra.

La prova del cotó fluix no enganya, i la del directe, encara menys: no es tracta d'un exercici de nostàlgia enganyosa per un passat idíl·lic, sinó d'un muntatge que manté totes les seves virtuts, viu, enèrgic, divertit i macabre alhora. Si un cas, la nova edició provinent del Teatro Español de Madrid està un xic més escorada cap al grand guignol sense que el conjunt se'n ressenti en excés, i els temps adoptats pel director musical, Manuel Gas, tendeixen més a la lentitud (però l'orquestra és formidable). Joan Crosas és un barber satànic de Fleet Street rabiós, intimidant, i, per tant, més tràgic en la seva caiguda cap a l'autodestrucció. Puntuals oscil·lacions en l'afinació no afecten gens una creació a la qual Crosas es llança en cos i ànima. Al seu costat, Vicky Peña no és la senyora Lovett dels nostres records, sinó la dels nostres somnis: sarcàstica, hilarant, incisiva, pletòrica i, per què no, entranyable quan pensa en la seva caseta vora el mar. Un equip solvent amb veterans de l'edició prínceps (com Teresa Vallicrosa i Xavier Ribera-Vall) i noves incorporacions fa costat a aquesta parella inoblidable de carnissers. Les llargues ovacions de l'estrena eren merescudes: el temps, que ho posa tot a lloc, no ha esmussat gens ni mica la navalla de Sweeney Todd

Amb la navalla preparada

Jordi bordes (el punt, 09/04/09)

La navalla de barber deixa ben clara la perspectiva sanguinària del musical Sweeney Todd. Un barber que ha caigut en desgràcia per l'enveja d'un jutge corrupte pateix quinze anys d'exili. Tot i que la condemna és de per vida, ell decideix tornar amb el nom canviat i amb una idea fixa al cap: recuperar la família i venjar-se de la mala jugada. Quan arriba, l'informen que la dona es va suïcidar i que la filla, una noia atractiva ara ja de quinze anys, viu sota el domini del jutge, que ha esperat que creixés per poder-s'hi casar. També ha esperat Mrs. Lovett el retorn d'aquell barber ingenu que va caure en un parany pel fet de ser confiat. Finalment, Mario Gas ha demostrat que feia temps que duia la navalla esmolada. Com Sweeney Todd. Des de divendres es pot veure aquest musical, mític en la cartellera del gènere a Barcelona des que es va estrenar el 1995. Saber esperar i estar preparat, dues conductes que coincideixen en la peça de Francis Weber i la producció del director.

Mario Gas ha intentat mantenir el màxim d'actors del repartiment original. Aquest grapat d'anys en què l'escenografia ha descansat en un magatzem de Madrid han anat bé a Vicky Peña i Joan Crosas. L'edat els ha donat un físic que fa més convincent la seva interpretació. També han après en picardia, i són més cínics i no tenen por, en les escenes d'insinuacions, d'agradar al públic. La mecànica del muntatge funciona com un rellotge. Probablement sagnen millor. Els efectes especials es modernitzen per a tot. Els personatges anònims (i no tant) que passen per la barberia i són afaitats de franc. L'única contrapartida, prou contundent, és que el seu cos passarà a ser ingredient per a uns reclamats pastissos de carn. Els més bons d'un Londres on ja han desaparegut els gats a causa de l'ànsia gastronòmica dels ciutadans.

El musical roda veloçment en la segona part. En la primera, la insistència dels cants romàntics entre un jove mariner i la filla ennueguen el ritme de la peça. Però és el que marca el guió. El cinisme divertit de la parella adulta, així com del jutge i del seu secretari, no té la millor resposta per part dels personatges més joves.

La interpretació vocal és més que correcta. I els personatges que pateixen per arribar a alguna nota ho corregeixen amb una interpretació lúcida. Tot i l'omnipresència de la partitura (per moments reiterativa), el musical aconsegueix desmarcar-se dels tòpics i oferir una dramatúrgia amb uns personatges principals irònics i alhora tràgics. El cor acomboia, en realitat, la tragèdia tan còmica vista pels ulls d'uns espectadors que riuen en cada baixada pel tobogan del client del barber i alhora s'estremeixen pels cops de fuet i de patiment moral d'un jutge que no pot reprimir una actitud que ell no pot aprovar.

En clau de comèdia desenfadada, Mrs. Lovett i Sweeney Todd descobreixen que Londres, com a exemple d'una ciutat cosmopolita, ha perdut els valors i només amb el crim es poden corregir les injustícies dels poderosos. L'home és un llop per als altres: els uns es mengen els altres (tot i que molts ho desconeguin) en aquesta caricatura musical. La febre de la venjança farà que els protagonistes perdin també la raó. Al musical, només li queden cinc setmanes a l'Apolo de Barcelona. És fidel al plantejament que va fer al Poliorama el 1995 (tot i que ara s'interpreti en castellà). Dimarts el públic que omplia el teatre (amb un entusiasta Ángel Pavlovsky) els va ovacionar. Senyal que la navalla continua rasurant a la perfecció. No s'ha rovellat, ha sabut esperar.

sweeney todd

carme tierz (guía del ocio, 10/04/2009)

A mediados de los 90, Mario Gas dirigía en Barcelona uno de esos espectáculos que dejan huella. No por su audacia ideológica ni por la trascendencia de su mensaje, sino por su dominio de la técnica escénica, por su hábil adaptación de un gran éxito de Broadway, un musical de Stephen Sondheim que se llevó ocho premios Tony el año de su estreno. Se trataba de Sweeney Todd, un prodigio de puesta en escena, de creación de atmósfera, de dirección de actores; un musical macabro que contaba con una brillante escenografía; con un vestuario y, sobre todo, una caracterización que potenciaba la textura grotesca de la historia –la de un barbero injustamente condenado por un juez corrupto que planea una venganza atroz– y confería al conjunto una poderosa estética expresionista. Los efectos especiales –la bruma que invadía las calles de Londres, la sangre que brotaba a borbotones de las víctimas degolladas–, unas oportunas pinceladas de humor y la composición de ese mundo lúgubre e inquietante atrapaban al espectador desde la primera escena.

Han pasado casi quince años desde entonces, pero el montaje conserva intactas aquellas cualidades. Mario Gas lo sabía, y por eso ha reunido en este revival al mismo equipo artístico del Sweeney Todd del 95, y a varios de sus intérpretes. Su montaje posee ritmo y suspense; orquesta, cantantes y actores forman un todo perfecto que sale airoso de los retos planteados por una partitura exigente como pocas. Y entre los últimos, cabe destacar a Esteve Ferrer, debidamente histriónico; a Xavier Ribera-Vall, rotundo y convincente; a Teresa Vallicrosa, una patética pero vivaz mendiga, y a Joan Crosas, que aporta a Todd unas dosis de dramatismo, de naturalismo, que hallan su perfecto contrapunto en Mrs. Lovett, interpretada por una Vicky Peña sencillamente espléndida, sensacional. Gas vuelve a dar en el clavo: su‘Sweeney Todd’ dejará, definitivamente, una huella imborrable en nuestro teatro.

 

 


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